No es lo mismo ser enemigo que Enemigo…vanidad de vanidades.

Cuando el enemigo huye, puente de plata. Lo malo es el enemigo que no huye, que sigue ahí, imperturbable y cabezota, obsesionado e intransigente. ¿Cómo llega alguien a ser enemigo? Ser enemigo es, para muchos, un hobbie. Se puede ser maquetista, escritor, poeta, ciclista o enemigo. Es una afición que puede ocuparte no sólo los ratos de ocio, te puede llenar días o semanas completas. Ser enemigo, de los buenos, requiere tiempo, dedicación y mucha afición. Hay padres de familia que son enemigos sólo por las noches. Optan, en un compromiso solidario, ser enemigos de sus hijos o de sus esposas. Hay mujeres que pueden ser, y son, enemigas de otras mujeres o de los visones o de los cocodrilos o de los lagartos indonesios. Así, sin que se les note, son implacables, crueles, despiadados y calculadores. Es lo que uno espera de un enemigo, de un buen enemigo.

Luego hay enemigos aficionados, amateurs que dicen los anglófilos. Son enemigos pero menos. Pueden ser enemigos de las palomas, de los ratones, de los solteros, de los taxistas o de las operadoras telefónicas. Son enemigos “entry level”. Tiene su cosa pero no llega, ni de lejos, a la majestuosidad de un enemigo que abandona todo por su afición. Una afición de verdad, de corazón, requiere entrega, visión parcial y un cierto grado de manía compulsiva…pero en dosis no letales ni clínicas. Hay amigos que ejercen la afición al trabajo hasta tal extremo que trabajan en el trabajo, trabajan haciendo el amor o trabajan mientras son enemigos. Envidio esa capacidad, esa disciplina, esa ambición…No he tenido la suerte de ser agraciado con virtudes tan loables.

Pero hay enemigos que pueden ser Enemigos, con mayúsculas. Son el Top ten de los enemigos, los Fortune 100, los campeones de tan extensa afición. En la historia hemos tenido enemigos notables que han marcado el destino de pueblos sin que se les recuerde ni un sólo momento de desfallecimiento. Insignes genocidas, voraces conquistadores o arruinados emperadores han sido, también, enemigos de verdad. ¿Cómo, si no, calificar a Hitler, Stalin, Alejandro o César? Enemigos de sus enemigos en grado sobresaliente.

En estos tiempos, tan dados a la mediocridad, tenemos enemigos pero no llegan a hacer sombra a los clásicos. Son enemigos 2.0, sociales, públicos, emocionales y colaborativos. Es otra cosa pero, con la distancia y el respeto que se debe a los grandes, tienen también su aquel.

Por ejemplo, Corea del Norte y la dinastía en el poder. Guardan ese porte extravagante y cómico de los grandes. Ahí tenemos al hijísimo del enemigo Kim Il Sung, con esas gafas de estrella del porno de los 70, ese porte a lo pederasta regordete, ese paso de oca cansina…Todo un ejemplo para su pueblo que, lejos de seguirle, apenas puede llegar a los límites de sacrificio que su líder hace por su afición. Cierto es que mueren de hambre, que son perseguidos y laminados, que son despojados de sus derechos pero nada es comparable a un hombre centrado en su afición: ser enemigo. Kim Jong-il es enemigo de todos los coreanos del sur, que no es poco. Ser enemigo de 50.000.000 de personas requiere una fuerza de voluntad sin límite para no flaquear. Aún es más, es enemigo de 300.000.000 de norteamericanos, 128.000.000 de japoneses y algunos cientos de millones de personas más. Tiene su mérito. A mí me gustaría que fuese enemigo mío, me daría un cierto prestigio pero no creo que pueda gestionar a tanta gente sin faltar a sus obligaciones de enemigo.

Otra cosa es Mohamed VI. Es como la dieta mediterránea, un enemigo que combina lo fresco y natural con el repollo y el tocino sin que pierda ese ápice de crueldad que hace de los buenos enemigos todo un regalo. Lo de la isla Perejil ha sido un detalle, lo de los pobres subsaharianos abandonados en el desierto a su suerte tampoco es baladí. Pero lo del Sáhara es, por qué no decirlo, todo un puntazo. Comparte con el coreano de las gafas ese hedor de multitud que no es más que una muestra de modestia. El no es el enemigo, todos somos el enemigo. Todos juntos, a su lado, siendo enemigos de lo que se ponga por delante. Ya sea los saharauis o los periodistas españoles, su modestia es una continuación de aquel otro acto único, la marcha verde. Lástima que en aquel momento no pudiésemos estar a la altura de las circunstancias. Entonces, como ahora, no somos aficionados a eso de la enemistad, no es una afición nacional aunque algunos se empeñen en lo contrario. Pero ya se sabe, un buen enemigo nace, no se hace.

Yo tengo mi colección propia de enemigos. Los tengo sobre el aparador de la cocina, que es dónde mejor están. Los tengo etiquetados por orden de aparición pero no llegan, ni por asomo, a esas cotas de indecencia que pueden llevar a un enemigo a ser un Enemigo. Tengo a Paco, de segundo C, que me hizo la vida imposible en el patio. Está Juanillo, que no sólo me robó la novia a los trece años, también me partió la nariz en un partido de fútbol-bolsa (sí, hubo un momento en la historia de este país que los niños jugaban al fútbol con bolsas de plástico). Cómo olvidar a Yébenes, en la facultad o al Charli en mi primer trabajo o a Anoa en la mesa de compras, o a Javi, en aquellos años perdidos en la Expo sevillana…Luego tengo a Don Fernando, socio director que me amargó mis mejores 33 y 34 años, a Chuchi que me juró venganza filipina por un gesto de dudosa explicación y a destiempo…

La verdad es que un enemigo es como un perro, te acompaña fielmente durante toda su vida. Están siempre ahí, a tu lado, dispuestos a amargarte la vida sin esperar nada a cambio, sólo por el placer de hacer bien su afición, por puro perfeccionismo. Es una lástima que no puedan recibir el justo precio a su dedicación y disciplina, ¿verdad?

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