Un poco más solos…

No voy a presumir de haber conocido en profundidad a Marcelino Camacho. Mi relación fue circunstancial y periférica pero le conocí y me llena de orgullo decirlo. En un mundo maniqueo, sectario y que tiende irremediablemente a la simpleza y a la tristeza, es difícil explicar que las personas son algo más de lo que se nos representa en nuestro cerebro lleno de prejuicios y visiones superficiales. Os pido que, aunque os pueda parecer imposible, dejéis a un lado los prejuicios y os acerquéis a un ser humano, a un hombre sencillo y libre…a una persona humilde.

No pretendo que este mensaje llegue a todo el mundo. A cada cuál según su sensibilidad e inteligencia. Un ser humano, su vida, sus actos y sus valores tienen algo que transciende…Son modelos, ejemplos y guías cuando la debilidad, lo circunstancial, lo irrelevante o simplemente el miedo nos rodea y amenaza. Marcelino es uno de ellos. Como lo es Teresa de Calcuta, el Dalai Lama o Giordano Bruno… Soy ecléptico, irreverente y poliédrico. La vida es demasiado breve para no aprender de todos aquellos que tienen tanto que enseñarme.

Marcelino fue siempre Marcelino. Hay personas que naciendo otras terminan siendo otras tantas más. Marcelino siempre fue Marcelino. Tuve el honor de realizar un video sobre su vida y repasé más de una docena de DVD en una larga entrevista realiza por la Fundación 1 de Mayo. Y me encontré a un Marcelino complejo y profundo, intuitivo y reflexivo pero, sobre todo, me encontré con Marcelino, con su determinación, su sacrificio, su dignidad, su convicción, su compromiso, su entrega, su humildad, su tozudez…

Envidio esa capacidad que algunas personas tienen para sobreponerse a sí mismas y ser lo que deben, lo que su conciencia le obliga, lo que su compromiso con sus semejantes les impone y aceptarlo con una capacidad de entrega y renuncia que eclipsa, al final, los errores y faltas que comparten con el común de los mortales.

En mis primeros años de periodista realicé par de entrevista a Marcelino. Siempre acompañado de unas notas, Marcelino desgranaba sus argumentos aunque la pregunta fuese otra distinta. Era su visión del mundo, de lo pequeño y de lo grande. La exponía sin florituras y, os lo aseguro, no había ni ambición ni debilidades ni objetivos personales. Marcelino no tenía tiempo para Marcelino. La vida es breve y los retos infinitos. ¡Quién era él para sucumbir a sus debilidades personales! Marcelino cargó en sus espaldas la responsabilidad de traer la democracia a este país, de crear un modelo sindical moderno, de ser un arma de defensa de los trabajadores sin mudar ni un solo instante. Era, sencillamente, lo que su conciencia le dictaba. Marcelino, conscientes o no de ello, construyó parte del pasado y del presente y del futuro en que todos vivimos.

Era un hombre sencillo que vivió con sencillez y, lejos de lo habitual y comprensible, no flotaba sobre los demás. Era uno más, solamente un militante más, un sindicalista más y un obrero más. Porque Marcelino era, antes que nada, un obrero de pies a cabeza, un miembro de una clase que, sin medir costes, estaba dispuesto a defender a los suyos sin miedo, sin vergüenza y sin límite.

Ha sido un referente para la izquierda, un totem y, también, alguna que otra excusa.

Pero su casa en Carabanchel, sus 1.500 euros de pensión, su Josefina, su jersey, su puño en alto, sus ojos brillantes, su voluntad de hierro lo sitúan al lado del Padre LLanos y de tantos otros que pertenecen a nuestro pasado y que son, sin referentes en estos tiempos, parte de nuestros ideales como persona, como ciudadano y como ser humano.

Marcelino representa para mí todo aquello que la vida nos ha robado. La dignidad, la sabiduría, la humildad, el compromiso sin dinero, el esfuerzo sin recompensa…un sentido trascendente de la vida.

Hoy yo me siento un poco más solo, un poco más abandonado, un poco más triste. La vida tiene de verdades como los hombres de olvido y desmemoria…

Abrazos solidarios.

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