Decisiones pendientes, deseos inconfesables

Hoy, a las 05:30 me ha pasado como todos los días. Primero ha sonado el despertador, luego me he felicitado por el nuevo día y nanosegundos después la realidad ha caído sobre mi como un jarro de agua fría. Se me había olvidado que tengo que tomar algunas decisiones y que la vida no es como las de mis gatos, mis peces o mis ratones. Mi vida es como la de un loro en una tienda de animales.

Por la tarde estuve en un centro comercial. Tenía que comprar un par de peces “Botia payaso” para mi acuario. Para los que no saben de ríos en miniatura, mi acuario se descompensa en ocasiones. Simula, con poca fortuna y poca estética, un remanso del río Amazonas. Empece hace 5 años con 5 coridoras, 2 botias y un cardúmen de neones y hoy, tras una mudanza, un shock el eléctrico y una plaga de caracoles, mi población ha quedado descompensada. 17 coridoras, que se reproducen sin mucha dificultad, dos neones supervivientes y una mirirada de pequeños caracoles invasores. Así que, con los 14 euros que andaban perdidos en los botes de bolígrafos, me marché a la compra de un par de jóvenes comedores de caracoles. Los Botias, de origen indonesio, no pegan bien en un ambiente amazónico pero, ecléptico y liberal, son unos eficientes devoradores de caracoles. Dicho esto, ¿qué pinta un acuario y unos peces en este blog? Nada, sólo el loro de la tienda de animales.

Ahí estaba el pobre animal, atacado por los silbidos, palabras, roces, recomendaciones, sacudidas de jaula y griterío de los paseantes ociosos del centro comercial. Hoy no se pasea por un parque o se visita un museo. Hoy, cuando el aburrimiento dominical amenaza a los ciudadanos, nos lanzamos a los centros comerciales, una suerte de bazar bajo control. El viejo loro muestra calvas en su plumaje, grita sin parar y repite movimientos de manera compulsiva. “Está estresado, no puede soportar la presión de la gente, los gritos, los niños, los adolescentes hiperhormonados y los padres bordeline. El pobre lo pasa fatal”. El loro ha perdido su sentido en la vida para ser una especie de herramienta biológica para humanos ociosos, desubicados y alienados.

Y me solidaricé con el loro. ¿Solidarizado con un loro? Los que me conocen saben que me siento más próximo a un loro en una jaula que a una familia feliz de compras en el centro comercial. Sencillamente, mi empatía me acerca siempre a los que comparten conmigo un pasado y un presente y un futuro común. Llegué a casa y escribí una lista de cosas en común entre el ave multicolor y un servidor.

1.-No puede escapar de su realidad.
2.- Su vida es estéril y decorativa, sometida a los gustos y deseos de otros seres menos realistas y más emocionales.
3.- Aunque lo intente, su imaginación no le lleva a la jungla amazónica y le condena a una celda de lujo.
4.- Nadie se pone en su lugar y sólo se espera de él que cumpla su función ornamental/funcional sin queja y con buen ánimo.

Y una cosa lleva a otra y esa otra a otra más lejana y, al final, uno llega a verse a sí mismo en esa jaula.

¿Soy como un loro deprimido, maniático, desplumado en un centro comercial? No tanto pero sí casi.

El viernes sufrí un ataque de ansiedad, o de cansancio. La realidad oficial me desbordó. Es muy complicado vivir sin ser uno mismo. Lancé un SOS a mis amigos y cumplieron, con creces, sus deberes. De aquellas recomendaciones deduje cinco deseos inconfesables y otras 5 acciones a acometer:

1.- Deseo escuchar música, leer mis viejos libros (que no tienen vampiros adolescentes ni crímenes morbosos) y escribir.
2.- Deseo no vivir en un “¡ay!” permanente a cambio de una nada insustancial.
3.- Deseo levantarme por la mañana sin tener que cargar a mis espaldas con una mochila de responsabilidades huecas, tareas intranscendentes y decisiones ilusorias.
4.- Deseo una vida básica, de bicicleta y transporte público, de silencios y contemplaciones, de serenidad y sencillez.
5.- Deseo, si aún es posible, reconciliarme conmigo mismo y perdonarme mis debilidades, mis miedos y mis fracasos. Me tengo, desde hace muchísimos años, completamente abandonado.

Pero, ¿cómo demonios traslado estos deseos a la vida ilusoria que confundo con la real? Pues, “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”.

1.- Voy a cerrar los temas pendientes y no abrir nuevos proyectos de esos que llamamos, equívocamente, “reales”.
2.- Voy a recuperar mi tiempo personal.
3.- Voy a recuperarme a mí mismo, a ese Vicente que las obligaciones, responsabilidades, miedos y deberes han condenado a un reducido espacio neuronal donde vive, como un loro, encerrado, tocado, gritado, presionado y acariciado como un objeto inanimado.
4.- Voy a quitarme de encima pesos innecesarios. Sacaré de mi vida, en los próximos días y meses, dependencias abusivas, parásitos emocionales, obligaciones subcontratadas y culpas heredadas de mi católica formación.
5.- Voy a vivir, algo que desde hace decenas de años confundo con mal vivir, con deberes, con retos, con objetivos y con metas que no son mías y que nunca alcanzo.

La vida es eso otro que transcurre más allá de los troqueles culturales, las obligaciones impuestas, los modelos heredados o los objetivos ilusorios.

Debería haber abierto la jaula del loro, haberle dejado en libertad aún cuando muriese de frío en este desierto castellano. La libertad es más valiosa que cualquier otra cosa, que el dinero, que los afectos comprados, que la moqueta en el despacho o la piscina de agua salada. La vida es mucho más que las tareas intrascendentes, las decisiones estratégicas, las relaciones emocionales basadas en el reroche y la exigencia. Puede que muramos de frío a la intemperie pero, hoy, a las 06:35 am, mientras me espera una semana de trabajo, de esfuerzo, de responsabilidad, de dudas, de decisiones, creo que es mucho mejor, más saludable y más justo con uno mismo, ser un cadáver libre que un zombie sin vida.
Abrazos solidarios.

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