El fin del verano

Allá por el año 76 tuve mi verano “azul”, bueno no era exactamente azul, era tricolor. Torreblanca debió de nacer como pueblo de pescadores y terminó siendo, en aquel 76 de transición, música de Boston y películas de Ozores, un conjunto finito, alargado y meditabundo paralelo al Mediterráneo.

Y allí estaba Monique, pelo a lo garçon, que decía mi madre, morena con ojos negros y la piel blanca como el AfterSun, recién llegada del París de la Francia con sus tres hermanas, su madre y su segundo marido. El hombre, un afable normando, había establecido una rutina pendular entre la tasca, una suerte de bar y colmado, y la playa de arena fina. Su deambular dejaba, al final del día, un sendero de pasos en la arena donde, por su sinuosidad creciente, no sólo podía medirse el paso del tiempo, también el número de “sangrías” que reposaban cálidamente en su estómago cervecero. Pero era amable y charlatán.

Mi vida con Monique, que apenas duró una semana, era un combinado de helados de horchata, espalda quemada por el sol y “dolce far niente”. Los sueños son tan frágiles como los castillos de arena. Y nos hicimos personajes de una novela romántica del XIX, con un pasado desconocido, un futuro inexistente y un presente intenso como el sol del verano. Sin apenas palabras, como esas películas francesas de burgueses atribulados y silenciosos, fueron deshaciéndose los días.

No recuerdo cómo terminé enamorado de Monique, pero con 14 años el amor es suficiente. Sí recuerdo el final de las vacaciones, cargar el 124 amarillo y ver a Monique camino de la playa, esta vez sin mí. El viaje de regreso a Madrid fue melancólico y largo. Sin aire acondicionado, con el Seat repleto de bultos, sombrillas, neveras, dos remos y un sin fin de bolsas de plástico atadas y situadas en cualquier lugar, accesible o no, no abrí la boca.

De aquel verano recuerdo también las largas tardes en la arena, la frontera indefinida entre la adolescencia y la madurez, la fruta fresca que la madre de Monique traía para comer y esa sensación dulzona y lánguida que me dominaba cuando buceaba en los ojos negros de aquella francesita con pelo a lo garçon. Y el final del verano, como la contraportada de un libro. Un breve resumen que no refleja nunca lo que hay o hubo en su interior.

(Aquí podéis encontrar imágenes para rememorar aquel año, gracias a http://volviendoalodeayer.blogspot.com)

El final de aquel verano fue mucho más que un septiembre gris.

Me dejé olvidado en aquel 76, sobre la arena ardiente de un Mediterráneo que ya no existe, parte de mi mismo. Con Monique no hicieron falta muchas palabras y todas las que no pude decirle se quedaron ahí, enterradas en la arena, bajo las toallas y las sombrillas y las uvas frías como un helado.

Comprendí que el momento no puede llenar el vacío cotidiano, que los recuerdos no alimentan nada, que la magia es un roce de manos en la arena y que el paraíso, si alguna existió, estuvo en Torreblanca.

Me propuse, mientras regresaba a la realidad cenicienta de mi Madrid cotidiano, escribir a Monique. Había guardado su dirección en uno de mis cuadernos de estudio (siempre, desde entonces, las asignaturas de septiembre han tenido un cierto valor romántico, inexplicable para otros pero reconfortante para mí) pero no lo hice nunca. Monique se fue haciendo traslúcida con el paso de los kilómetros. Su ausencia se sumó al resto de pequeños dolores, guardados en la memoria que no recuerda pero que sufre. Al llegar a casa, a la habitación de muebles de formica, a la rutina y el hastío, Monique, simplemente, no había existido. Solo años después, cuando uno mira hacia atrás para contabilizar pérdidas y errores, apareció su apunte contable…en el debe, como siempre.

Este año, al final del verano, he decidido hacer balance y empezar un nuevo libro de contabilidad personal. He dejado todos los conceptos a cero, borrados algunos e incorporados otros nuevos. Con 47 años la ciencia contable no da para mucho.

Quemo este recuerdo en honor del pasado. Hoy empieza el futuro.

Buena semana a todos.

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