¿Quién recuerda a Boris Vian?

Me aterroriza el fin de la historia. Me sume en un vértigo creciente. Tengo la sensación de que en unos años la historia habrá desaparecido para siempre. Con la excusa del cambio de paradigma social y económico vivimos en el límite del tiempo, siempre en el último segundo. Todos corremos para estar ahí, en el filo de la navaja que separa el hoy del mañana.

Descubrimos nuevos ideas, nuevos libros, nuevos conceptos y cuando aún no hemos digerido el anterior ya estamos salivando con el siguiente. Se argumenta que la capacidad creativa del ser humano vive tiempos exponenciales. Yo, me temo, creo que sólo es inflación, que son tiempos inflacionarios. Hoy somos muchos, muchísimos, hablando, parloteando, comentando, opinando, pensando, exponiendo, dudando…Somos surferos de la información, vivimos en la cresta de la ola pero olvidamos preguntarnos qué es un océano, que hay una luna que impulsa las mareas, que bajo la superficie hay un universo infinito. Con el viento en la cara y los pies sobre la tabla nos parece suficiente.

Si esta vorágine existencial nos permitiese, por ejemplo, duplicar unos días al mes podríamos perder el tiempo en pensadores olvidados. Por ejemplo, hoy es sábado, mañana también es sábado y pasado también. Esos dos sábados de más podríamos dedicarlos a mirar hacia atrás y comprobar que lo nuevo no es realmente nuevo, es un fogonazo en los ojos. Estamos deslumbrados como los conejos en la carretera. Es la imagen de Carl Sagan en Contact. Incapaces de comprender, nos quedamos mirando las luces de los automóviles hasta que éstos nos pasan por encima. Ahora, en mi modesta opinión, ocurre lo mismo. Estamos cegados y deslumbrados; con las pupilas dilatadas no es posible ver con claridad nada.

Enrique Fossoul se atrevió a poner en su perfil que le gustaba Boris Vian. Vale, Enrique es de izquierdas y se le supone una cierta intelectualidad, una pasión por el pensamiento complejo o, cuando menos, por otra perspectiva. José Carlos, que aún lee a los clásicos y combina su militancia en el PP con su cargo en una operadora telefónica, también es un admirador de Vian. Nos podríamos encontrar en una trinchera o en un café y tener, al menos, un espacio común para teorizar y especular. Pero para un servidor, todo el día en la calle como autónomo, mentar a Vian desencadena el equívoco . ¿Quién era Boris Vian? ¿Merece la pena leerlo? ¿Habla de negocios? ¿Tiene casos de éxito? ¿Da conferencias o escribe artículos?

Vian, Sartre, Camus, Greene, Hesse, Orwell, Huxley, Stendhal, Balzac… ¿Han estudiado en una escuela de negocios? ¿Son del MIT? Son historia, los estratos sobre los que construímos nuestra sociedad. A ellos y a otros muchos el resplandor los ha eclipsado, han desaparecido en las sombras de la cuneta mientras creemos estar en la cresta de la ola intelectual…Pero nosotros no conducimos el automóvil, nosotros somos el conejo. Pum, pum. El ruido que hace un conejo deslumbrado por los faros. Pum, pum. Pum, pum. Más y más conejos fallecen deslumbrados. Sus pupilas dilatadas nos hacen creer que murieron felices. Ya. Más y más conejos se ponen en medio de la carretera, alentados por otros conejos, por los conejos muertos y los vivos. Pum, pum.

Los socialistas utópicos me recuerdan a los conejos del 2.0, a los de la revolución creativa, a los de la inteligencia emocional, a los de las organizaciones informales… Pum, pum. Ellos creyeron en la bondad del ser humano, en el progreso, en los proyectos colectivos capaces, ahora sí, de transformar la realidad. Pobres ellos, pobres nosotros. Hubo, tiempo atrás, otros grandes movimientos liberadores. Lo fueron, en su medida, los apocalípticos milenaristas, los iluminados de la Guyana, los “mesias” en la Judea ocupada por los Romanos… Pum, pum.

Si estos tiempos nos permiten algo es, lejos de caer arrebolados ante el fulgor de paraísos imaginarios, ser pragmáticos, científicos y racionales. Sólo la razón libera aún cuando sólo nos muestre pesadillas. No es tiempo de regresar a las emociones. Las emociones son nosotros pero nuestro neocortex es algo más que el cerebro de un mono bípedo. Al menos, como los socialistas utópicos o el propio Tomás Moro, sigo creyendo en la utopía.

Tengo la sensación de que algo se me escapa. No, no es el negocio, no es el nuevo negocio, no es la nueva filosofía “de segunda B” que anida en los gurús empresariales. No, tampoco es la crisi, las subprime, la globalización o la nanotecnología. Siempre creo que, parafraseando a Saint Exupery, lo fundamental es invisible a los ojos, que la verdad, pobre Malder, está ahí fuera, visible pero invisible.

De Boris recuerdo una novela de amor, surrealista y agridulce como la compota de manzana. No da, ni se atreve, claves sobre el presente o el futuro…En Vian no hay adolescentes con 40 años, hay seres humanos únicos, especiales, absolutos y definidos. Ni siquiera habla de procesos, funciones, perfiles y productos. Habla de algo grande, el amor, descuartizado por una enfermedad cruel, habla de una casa que encoge, de un ratón que se escabulle, de la luz que ya no puede entrar por las ventanas opacadas por la muerte, la soledad y la distancia.

Podría tomar el autobús 999 bajo un sol a franjas blanca y negras…Pero el autobús, querido Enrique, hace tiempo que terminó en el desguace. La línea 999 se suspendió el mismo día en que decidimos borrar la historia, olvidarnos de lo que somos y dedicarnos, como si de una fiesta de fin de curso se tratase, al triste y simple mito de Sísifo. No ir, finalmente, nunca a ningún lado.

Buen finde a todos.

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