Desencuentros

A veces, uno se “desencuentra” con uno mismo. Resulta que quiere decirse hola y se dice adiós, o quiere decir te quiero y dice no te quiero. El lenguaje es equívoco; ahí radica su belleza, en el delicado ejercicio de comprender qué quiere decir el otro, en encontrar las palabras más adecuadas para hacerse entender. Y el lenguaje, en su ductilidad, suele llevarnos, en más de una ocasión, a no entender lo que no se dice o a escuchar lo que se calla.

Hay desencuentros puntuales, desencuentros patológicos, desencuentros causales y, también, desencuentros casuales. Son, eso, desencuentros. En negocios, lo llaman pérdida de foco, alejamiento del mercado, falta de sintonía, divergencia estratégica, disfuncionalidad…En la vida cotidiana, los desencuentros pueden ser la consecuencia, como en las empresas, de los miedos, de las limitaciones, de los prejuicios, de los deseos imposibles o de las pretensiones inalcanzables.

Primer desencuentro
En esta semana he tenido varios desencuentros. El primero, conmigo mismo. Me envié un “meeting request” para analizar un problema profesional. LLegué tarde y me estaba esperando. Mal comienzo. Empecé con disculpas mientras que me contesté con quejas y exigencias. Me defendí con reproches y decidí retirarme la palabra. Como no me hablaba, he decido no hablarme y desde hace unos días no me hablo y estoy muy resentido. Creí entender que quería decirme una cosa cuando realmente mi intención era decirme otra. Vamos, un verdadero lío. Como dice Punset, las emociones determinan nuestro pensamiento con la misma efectividad con que nuestro pensamiento determina nuestras emociones. Esta mañana he decidido dar un paso adelante y pedirme disculpas por el desencuentro. No sé, no me veo muy dispuesto a perdonarme pero creo que me daré una oportunidad. Al fin y al cabo, nadie es perfecto y mucho menos yo.

Segundo desencuentro
Mi segundo desencuentro estuvo basado, más que en mecánica newtoniana, en la relatividad general. El espacio y el tiempo vienen a sufrir un colapso cuando la velocidad alcanza la de la luz. Todo se comprime y lo que era un espacio abierto se transforma en un punto único, insondable y compacto. Un absoluto. Por motivos que no vienen al caso, mi vida es más parecida a un ejercicio de malabarismo que a la planificación militar. Al tiempo, mantengo frentes bélicos de intensidad variable que me llevan a desplazar a mis tropas, exhaustas y desconcertadas, del frente Malabar al Euroasiático sin solución de continuidad. Y en este ven, corre, salta, huye…aliados han resultados heridos por el “fuego amigo”. Los daños han sido profundos y graves. Ya se sabe que donde no anida la amistad, crece la desconfianza. Buscaré un modo para deshacer el equívoco aún cuando soy consciente, también, que para el encuentro hace falta un espacio. Un punto, una singularidad, es un sitio tan ínfimo que apenas cabe una conciencia malherida. Por tanto, como estrategia, debo decelerar, perder masa y ganar espacio y tiempo. ¿Sencillo? No, barroco, laberíntico y “made in Moreno”. Puede que por la edad o porque soy un sensiblero que llora en las películas, cada día es más doloroso perder los tesoros de la amistad, la confianza, la complicidad y los objetivos comunes.

Tercer desencuentro
Madrid ha sido estos días la capital del desencuentro. Los ciudadanos se han desencontrado a si mismos. Vistos desde la altura, un trabajador es un trabajador. Ahí estamos, moviéndonos de manera pendular del “tajo” a casa y de casa “al despacho”, o al torno, o a la furgo, o a la máquina-herramienta, o a la pantalla del ordenador…pero en días como los pasados, vistos de lejos, hay tipos de trabajadores, de ciudadanos. Unos frente a otros. Tres plantas más arriba, alguien se frota las manos con el desencuentro. No hace falta hacer nada, ellos se lo hacen todo. Unos, en defensa de sus derechos, frente a otros, en defensa de los suyos. Y todos desencontrados. Unos, numantinos; otros, transaccionales. Unos, armados de razón; otros, armados de paciencia. Ciudadanos y trabajadores todos viven en el desencuentro como quien vive en la soledad; algunos con resignación, otros con indignación, la mayoría con la desidia de una discusión repetida y estéril.

Los desencuentros, aún siendo un ejercicio de a dos, suele ser responsabilidad de cada parte. Dos no discuten si uno no quiere, decía mi madre. Lo cierto es que, aún peor, dos no se entienden si no dialogan. El desencuentro tiene algo, también, de autodefensa. Si me dices lo que no quiero oír, prefiero no oírte. Es mejor conocer la verdad que malvivir en la ignorancia. Y a veces la realidad, en formas extrañas, nos hace recomendaciones que preferimos no atender. Tendemos a atrincherarnos en las certezas, aún cuando sean imaginarias, antes que deambular por la incertidumbre.

Algunas recomendaciones, pocas y superficiales, en este tema del desencuentro:

– Haz las cuentas, siempre es más lo que te une que lo que separa.
– Acude a lo básico. Donde hubo fuego, siempre quedan brasas.
– Busca el espacio de entendimiento, no el de confrontación.
– Usa las palabras adecuadas para que tu interlocutor pueda comprender lo que quieres decir.
– Aprende a entender lo que te quieren decir.
– Mantener un desencuentro es un error estratégico. Seguramente el espacio que te separa en mucho menor que el que imaginas pero si dejas que el desencuentro se asiente, la sima será insalvable.
– Todos cometemos errores. Disculpar no es de sabios, es de humanos. Asume que la imperfección es inherente a la vida. No pidas a los demás lo que no puedes darte a ti mismo.

Ánimo. Creo que me voy a disculpar a mi mismo. Me tomaré un café, reconoceré mi malestar, me pediré disculpas, las aceptaré, haré borrón y seguiré conmigo mismo. He aprendido que en esta vida no es bueno tener a todo el mundo enfrente. Prefiero caminar a tu lado.

Abrazos “encontrados”.

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