Las certezas son cárceles.

Ocurre siempre en la historia. Somos así, predecibles. Las organizaciones, ya sean imperios, religiones, sindicatos, empresas o Asociaciones de Padres nacen alimentadas por el impulso de sus creadores. Para consolidarse necesitan avanzar lentamente, que sus miembros crean que sus objetivos finales se aproximan. Al poco de nacer, viene el primer cambio. Los innovadores suelen dejar paso a perfiles más conservadores. Ocurre en todas y tiene su lógica. Un proceso de innovación permanente crea un escenario tan cambiante que aparentemente impide que el sistema se consolide. Pero, por increíble que pueda parecer, es el principio del final.

No hablo de la revolución permanente, sino de la lógica subyacente en cualquier sistema y organización humana. Cambiar de manera permanente para adaptarse al cambio permanente.

Conforme la organización envejece, salvo procesos de renovación traumáticos, tiende a la esclerosis, a la endogamia y al inmovilismo. Al final, se olvidan los objetivos y el hecho de su existencia es razón suficiente para seguir funcionando.
Lo viví en política, en la empresa y en la asociación de alumnos de mi colegio. El impulso inicial termina siempre eclipsado por el procedimiento, las normas y valores dogmáticos que se van asentando y laminan cualquier iniciativa de cambio.

Los perfiles más conservadores tienden a justificar la necesidad de consolidar la organización, de fortalecerla para que pueda alcanzar sus objetivos con energía. Pero no es mas que una cárcel mental, una certeza sustentada en el miedo. Una organización que necesita ser controlada supone, al final, que el sistema no es lo suficiente estable para asegurar un modelo eficiente. El control lo que hace es extender la agonía. No apuesto por una organización sin normas, pero sí por una organización permeable, abierta y plural.

Un sistema, sea cuál sea su entidad, necesita adaptarse al medio. Así, deben surgir y fracasar muchos hasta encontrar el modelo adecuado. De otro modo, el gasto energético que requieren supera siempre al beneficio producido.

No ver el futuro no significa que éste no exista. Sencillamente, no lo vemos. Si existe una necesidad objetiva para la existencia del sistema, de la empresa o de la organización, ésta sobrevivirá, con una u otra forma.

A veces, nuestras certezas se transforman en cárceles donde vivimos encerrados y terminamos en un círculo vicioso que, lentamente, nos llevan a la desaparición.

La incertidumbre forma parte cotidiana de nuestra existencia. No es posible un entorno sin incertidumbre y tampoco se puede minimizar hasta ser irrelevante. En ocasiones, los cambios suceden sin que nos percatemos de ellos y vivimos en la creencia de que nada cambia. La esencia de la vida, de la evolución y de la renovación es el cambio, por doloroso, traumático e injusto que pueda parecer.

¡Arriésgate y cambia!

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