Un ciego con pistola

Chester Himes murió en Alicante. Si hubiese sido blanco y estudiado en Berkeley seguramente otro gallo le hubiese cantado. Pero era negro, con alma de negro, tristeza de negro, negro como sus personajes de ficción en una de las mejores sagas de novela negra de todos los tiempos. Negros, en Harlem, con el olor a cerdo, las calles solitarias en la noche y los personajes únicos de un barrio neoyorquino plegado sobre sí mismo.

A Chester Himes me le descubrió Domingo, un periodista de oficio y con oficio, perdido en los laberintos de las Olivetti, de las galeradas y de las entrevistas sin grabadora. Domingo y Chester decoraron mis primeros años, y últimos, de periodista. Ambos compartían un sentido trágico de la vida, que comparto y cuido, una pasión oscura por los desheredados y un desprecio displicitente por los grandes personajes. A Domingo le debo mucho oficio y mucha tristeza. A Chester, un recuerdo.

En una de sus novelas había un ciego con pistola. Hubo también una bala de algodón en Harlem, un cadillac de oro y el amor de Imabelle, pero el ciego con pistola aún resuena en mi memoria, como las largas colas frente al salón de baile y las dos pistolas de Sepulturero y Ataúd, los dos negros policías negros inseparables, callados y duros como el mármol de las lápidas. Las tardes de domingo, alineados en fila de a dos, las parejas de jóvenes negros de Harlem esperaban su turno para entrar en el baile. A un lado y a otro de la fila, los dos policías, con las manos en los revólveres, guardaban la paz y el orden en silencio. Nunca nadie salía de la fila, nadie dudaba que Ataúd y Sepulturero habrían disparado, sin alterar sus rostros, al infeliz que osase romper la norma. Los negros, en fila de a dos, las tardes de domingo.

¿Qué puede haber más peligroso que un ciego con pistola?

Seguramente un imbécil con poder, un necio con buenas intenciones o un iluminado con carisma. Pero el ciego con pistola ha representado para mí, durante años, el paradigma de la incertidumbre. ¿Sobre qué o sobre quién terminaría vaciando el cargador de la Magnum? ¿Qué sonido, qué movimiento de aire, desencadenaría una tormenta de fuego, plomo y pólvora? El ciego, armado y atemorizado, mueve el pesado revólver en todas direcciones. El miedo, cargado con una Magnum, es impredecible.

Así son estos tiempos, impredecibles en todos los sentidos. Una sociedad atemorizada es un ciego con pistola. Puede pasar cualquier cosa y nadie sabe qué chispa desencadenará la debacle. Cuando el miedo se enrrosca en el alma ya nada más importa. El miedo solo espera que el dedo índice sucumba al pánico y presione con firmeza el gatillo. El miedo susurra al oído, mece las cortinas, roza el tapizado del sillón, sujeta la manga del ciego. Y el ciego y el miedo se hacen una misma cosa.

¿Disparar? ¿Esperar? Aunque no suenen los disparos, las balas se han precipitado sobre los muebles, los cuadros, las puertas y los cristales. La balas, que son el miedo embutido en un traje de desesperación, se reparten por la habitación como un manojo de fulgurantes líneas divergentes. Aún el dedo no ha apretado el gatillo y puede olerse la desolación, el caos y el silencio espeso. Después llega el sonido, mucho tiempo después, como si hubiese avanzado desde el final de la calle, donde los embaucadores venden terrenos en África. Llegan como reptando, acompañado de otra realidad… de los gritos, las disculpas, las quejas…

El ciego acabará sentado sobre una mecedora desvencijada. La pistola caerá al suelo y será, de nuevo, un objeto sin vida. El miedo se habrá desvanecido y no quedará nada.

Una sociedad atemorizada es un ciego con pistola. La cordura desaparece, no hay presente ni pasado ni futuro. Sólo, si acaso, lamentaciones, disculpas, asombro…

Pero hay algo peor que un ciego con pistola, un ciego que no quiere ver.

Buen fin de semana a todos.

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