¿El baile de los idiotas?

Es así como me siento, en una especie de baile de imbéciles. La orquesta, oculta detrás de las bambalinas, va desgranando pieza tras pieza mientras en la pista de baile danzamos a su ritmo, sin detenernos a pensar, sin tiempo para entender.
La música tiene ritmos pegadizos y nadie puede resistirse. Suena y suena y nosotros bailamos y bailamos hasta caer desfallecidos y desaparecer. Pero siempre hay alguien que ocupa nuestro lugar. Algunos son innovadores y bailan claqué. Otros, más clásicos, siguen a pies juntillas una danza ritual.
Nadie deja de bailar, ni yo mismo. Pero en ocasiones me acerco al borde la pista. La música es menos ruidosa y me llegan sonidos sordos. Parece que fuera de la pista de baile hay algo más. El miedo me impide salir del circulo iluminado donde, día tras día, me dejo la suela de los zapatos en este baile trepidante que me impide pensar. Pero el miedo no detiene la duda. La duda es la gran pandemia que todo el mundo teme. La duda es la enfermedad silenciosa que todo lo corrompe. La duda es el virus letal que solo trae muerte y desolación. Pero, ¿Soy yo el que teme a la duda? ¿Qué me puede ocurrir? Prefiero no pensar y seguir bailando y bailando y bailando.

A veces, hay tanta gente bailando que apenas me puedo mover. Yo quiero el centro de la pista, mejor iluminado y con más espacio. Seguro que en el centro de la pista bailaré más cómodo, incluso podré descansar un rato y disfrutar solo de la música. Pero no llego nunca al centro. Cuando creo que me aproximo, o cambia el ritmo o un movimiento súbito de los bailarines me lleva de nuevo a mi lugar. Y yo sigo bailando y bailando y bailando.

La duda se ha hecho fuerte en ese espacio pequeño que media entre la irracionalidad y la culpa. Se enquista y crece despacio. No me matará. Seguiré bailando pero la irrealidad empieza a fluir entre las corcheas y los arpegios, entre los zapatos desgastados y el olor a triste humanidad. Y, como en una explosión de furia, me brotan preguntas sin respuesta que me hacen, en ocasiones, perder el ritmo. Mis compañeros de pista o me ignoran o me apartan pero aquellos con los que he compartido buena parte del repertorio de la orquesta oculta suelen tenderme los brazos para que me sume a su frenesí, para que siga bailando, para que no me detenga nunca.

Pero la duda construye preguntas con forma de tumor cancerígeno…

¿Qué provoca esta crisis? ¿Quien se ha beneficiado de ella? ¿Qué sucederá en los próximos años? ¿Dónde están los billones birlados alegremente en bancos y fondos de inversión? ¿Como es posible una sociedad en crecimiento permanente? ¿Realmente las empresas son una verdad incuestionable? ¿Poseer objetos da la felicidad? ¿Hacia qué sociedad encamino a mis hijos? ¿Por qué nuestros héroes son siempre personajes mediocres y simples? ¿Por qué tengo que aceptar líderes inoperantes, demagogos y huecos? ¿Quién escribe la historia?

Ayer, a mi hijo, mientras le explicaba por qué no será posible viajar a las estrellas, por qué los seres vivos tenemos fecha de caducidad y lo irrelevante y cruel que es creer en la magia le inoculé con el virus de la duda. “Duda siempre, duda de todos y de todo, hasta de ti mismo. Sólo se avanza cuando sometes a crítica las verdades más absolutas”.

Buena semana a todos y a seguir bailando.

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