Redes sociales y la Plaza Mayor

Todos los domingos, como refleja excepcionalmente la película española de los 50 “Plaza Mayor”, los habitantes de la ciudad o del pueblo paseaban por la plaza para ver y ser vistos. Ese era el momento de demostrar el poderío, de intercambiar información y de exponer necesidades. Todos sometidos al control público, todos desnudos frente a los demás. Para muchos, como lo es ahora, esa desnudez social era estresante (angustia es la traducción más fiel del vocablo “stress”). Las mejores ropas se guardaban para aquel día. Era el día de Misa y del baño semanal. Niños repeinados, trajes apolillados y relojes de pulsera: todo lo necesario para ser evaluado y ser aceptado por los líderes, valídos y críticos en una sociedad cerrada a cal y canto.

El control social activo es siempre una muestra de la debilidad de la sociedad que lo impone. La diversidad enriquece mientras que la uniformidad es una estrategia de defensa.

Los defensores de las redes sociales, como nuevo medio de relaciones personales y económicas, suelen exponer sus ventajas objetivas pero tienden a restarle valor a su potencial segregador y, sobre todo, a su capacidad para atomizar la sociedad, desarmarla y no obtener nunca una visión de conjunto, solo una sección de la “realidad”.

“Dios los cría y ellos se juntan”. Regla sencilla. Si no encajas, eres transparente. Si no les dices a los demás algo que les pueda interesar, terminas siendo un pária en la lista de contactos, un don nadie invisible. Esto, aparentemente regla adaptativa, reduce la comunicación, cada vez más, a lugares comunes, a pensamientos simples. La controversia y la contradicción quedan relegadas y todos nos contamos lo mismo, una y otra vez. Positivo: todos orientados. Negativo: pensamiento “mínimo común denominador”.

En mi recién estrenada vida “social” me han sorprendido los códigos de “expulsión”, los recursos inconscientes aplicados por los miembros de las redes sociales para examinar a los recién llegados y asegurar la “cohesión” de los integrantes del grupo. El idioma, los intereses, las aficiones personales, la usabilidad o el negocio, puro y duro.

Pero, sin duda, lo más inquietante es el “exhibicionismo social”, la necesidad de mostrar a todos lo que somos, lo que sentimos, lo que pensamos, lo que hacemos. Por un lado, parecen transmitirse valores como “fortaleza”, “determinación”, “liderazgo” pero, en una visión crítica, exponen con una claridad “cristalina” lo que somos realmente y lo que queremos ser.

¿Asistimos en la red al nacimiento de las nuevas clases sociales? ¿Son las redes sociales un arma de “autocontrol” social o, por el contrario, favorecen el intercambio de información y el progreso?

Me temo que, cómo todo en estos tiempos, las redes sociales son catalizadores, aceleradores de los procesos más básicos de nuestro atávico comportamiento social: somos unos “monitos” que estamos cambiando nuestra ancestral sabána africana por la jungla de Internet y el barrio “bien” de la gran ciudad por el suburbio virtual en la red.

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