En los grupos en que participo en los distintos “social media” insisto que el movimiento 2.0 no tiene trascendencia por las formas y sí por el fondo. Me da igual Facebook que Linkedin. Me interesan, mucho, los cambios que este modelo está produciendo en la vida cotidiana, en la vida política, en la económica y en la personal. Es para mí, al contrario que la opinión generalizada, algo más que un medio, es un síntoma del cambio, de un proceso revolucionario que cambiará cómo vemos y cómo construimos la realidad.
Marx, un burgués bohemio nacido en la efervescencia de la revolución industrial, teorizó sobre la lucha de clases. Para él, la lucha de clases era el motor de la historia, la pugna entre lo viejo y lo nuevo, lo caduco y lo emergente. Quizá, dominado por la tumultuosa época que le tocó vivir, perdió un poco de perspectiva.
No quiero ni teorizar ni discutir con nadie sobre la vigencia o no de las teorías marxistas. Como le digo a mis hijos, no se discute con nadie ni de religión ni de política ni de fútbol, forman parte de las creencias emocionales y ahí la racionalidad no tiene espacio. La norma es sencilla: respetar al prójimo y ser respetado por él sin poner en tela de juicio sus verdades.
Para Marx, equivocado en su valoración temporal de los procesos históricos, la clase obrera era la llamada a suceder a la burguesa, como ésta hizo con la nobleza. Apenas medio siglo después de la Revolución Francesa, Marx enterraba a la burguesía en manos de una clase emergente, con conciencia y valores, llamada a dirigir el mundo: el proletariado.
¿Se equivocó? Evidentemente, sí. Le equivocó el factor tiempo y, sobre todo, le confundieron sus prejuicios. Las revoluciones no se planifican, son parte de la naturaleza, una consecuencia de la adaptación que rige y domina toda forma de vida. Las revoluciones ficticias no duran mucho y hacen mucho daño.
Hoy, más de doscientos años después de la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, estamos asistiendo al nacimiento de una nueva clase social. ¿Por qué digo esto?
Hay un creciente vector de cambio, impulsado por las condiciones económicas, los nuevos medios de producción y comunicación, que lleva implícita una revolución en los valores sociales. Y estos, a su vez, determinan la tecnología y las herramientas.
El final de la Edad Media, con la consolidación de los naciones, el auge de las ciudades, el desarrollo tecnológico y el crecimiento del comercio fueron el caldo de cultivo que consolidó a la burguesía. Comerciantes, leguleyos, médicos, escritores, capitanes de barco o importadores de coco y esclavos ascendieron en la escala social impulsados por su riqueza y reclamaron, con más o menos virulencia, su necesaria participación en las esferas de poder. Tarde o temprano, reclamar poder político es la consecuencia necesaria del poder económico. Y esa clase emergente incluía al pequeño comerciante y al gran importador, al funcionario con intereses en el comercio y al artesano en los arrabales de la ciudad. Compartían valores y creencias.
Hoy hay una nueva clase emergente que, como consecuencia de los cambios económicos o por ser ellos mismos promotores del cambio, empieza a reclamar su parte de poder político y social. La contradicción está servida.
Nada sucede de golpe, todo es una transición. Nuestra afición a las fechas históricas y un cerebro que busca sistemas coherentes de manera desesperada nos lleva siempre a creer que los cambios suceden en periodos muy cortos de tiempo. No es así, vivimos el cambio como las ranas se cuecen en una olla si se calienta despacio el agua: sin darnos cuenta estamos “al dente” para la revolución.
¿Por qué digo que la contradicción está servida? La sociedad evoluciona a distintos ritmos, como el mar cuenta con capas de agua de distinta temperatura y densidad, en constante movimiento y cambio. Los valores emergentes ahora entran en contradicción con los valores establecidos y tradicionales. No todos evolucionamos a la misma velocidad y no todos cambiamos al mismo tiempo. El agua no puede calentarse a la vez, lo hace gradualmente, y genera corrientes ascendentes y descendentes tan violentas como mayor sea la diferencia de temperatura.
Un ejemplo lo tenemos en EE.UU. Desde la distancia, EE.UU. es un país dividido socialmente, entre un medio oeste (las grandes planicies que recorren de norte a sur el país) basado en la economía tradicional, ya sea agricultura o industria pesada, y las dos costas que se dispersan en la economía del conocimiento y el comercio transnacional. Son algo más que diferencias irrelevantes, son diferencias de clase, por tanto, diferencias de valores, diferencias de modelo económico y, por supuesto, diferencias ideológicas. Por un lado la franja conservadora, defensora de la familia tradicional, el sexo tradicional y la fe religiosa tradicional, y por otro la individualista, pluriétnica, con una visión hedonista de la sexualidad y con una propuesta de familia, como poco, transgresora.
Pero esta contradicción no sólo se da en la ideología y sociedades capitalistas, se reproduce en lo que antaño fue un vector de cambio: la izquierda política. Igualmente, frente a la visión tradicional, sustentada en creencias, valores e historia común, surgen un movimiento transformador que no tienen como referente ni el socialismo utópico, ni los distintos movimientos comunistas ni la socialdemocracia. Desde la izquierda la reacción contra esta nueva clase social podría ser tan frontal como lo es ahora el republicano norteamericano más tradicionalista. Es, sencillamente, la lucha de clases. Y esta nueva clase es transversal, no le preocupa qué lugar ocupas en la pirámide de riqueza ni en qué ciudad vives o qué idioma hablas. La nueva clase es, eso, una nueva clase llamada, por la lógica social y económica, a liderar y transformar la realidad.
Friedman, al analizar Al Qaeda, incide en su ideología conservadora y en su reacción “defensiva de los valores tradicionales del Islam” frente a los cambios sociales que se están produciendo en occidente. En el fondo, cambiar nos cuesta mucho trabajo y nos da mucho miedo…a todos.
Si la economía no impulsase a esa nueva clase, quedaría reducida a un movimiento pendular irrelevante (como el mayo del 68 en Europa o los Hippies en California. Lo pongo simplemente como ejemplo porque creo que ambos movimientos son el prólogo de lo que ahora sucede). Pero esta nueva clase ocupa buena parte de los principales vectores de desarrollo económico y son la piedra angular de la herramienta que sustenta el futuro: la tecnología e Internet. Google, Jobs o Twitter son ejemplos conocidos por todos.
¿Cómo se detectan?
- No llevan traje. No les gusta la uniformidad. Son individuos.
- Tardan o no crean núcleos familiares tradicionales.
- Creen en la responsabilidad individual, en política, ecología o relaciones laborales.
- No distinguen el espacio laboral del espacio personal, ni el físico ni el temporal.
- Son tolerantes con creencias, étnias u opciones sexuales.
- Viven el cambio sin miedo.
- Se forman, se informan y creen que el aprendizaje es un proceso contínuo
- Creen en la libertad individual y son heterodoxos.
- Son pragmáticos y orientados al éxito, no necesariamente al dinero.
- Son ambiciosos y asumen riesgos. Quieren y necesitan cambiar el mundo.
- Cambian regularmente de puesto de trabajo. El trabajo es otra forma de expresión más.
- No aceptan las jerarquías y seleccionan a sus líderes.
En nuestro país, como casi siempre, esta clase emergente existe y se desarrolla pero mucho más lentamente de lo que lo hace en otros entornos más abiertos, más dinámicos y menos conservadores. Siempre excusamos a este país con referencias a la climatología o le adjudicamos la responsabilidad a sucesos históricos. Es una excusa de café que no justifica lo que sucede. Conocer cómo han ocurrido las cosas puede explicar dónde estamos pero no cambia la realidad. La realidad se transforma cambiando la manera de actuar.
En esta crisis económica, donde otros ven retos, oportunidades y cambio, nosotros vemos ayudas, subvenciones, culpables fáciles, rebajas fiscales o soluciones mágicas. Nuestra visión, como país, es tan mediocre, reactiva y pazgüata como el “qué inventen ellos”. Nuestras empresas, como nuestra sociedad, son reliquias del pasado que en los albores del siglo XX habrían enamorado al viejo Ford pero que ahora son una muestra de nuestra debilidad como sociedad.
No pretende ser este texto una “summa”, es un divertimento y hay expertos más formados, más responsables y más serios que un servidor, que argumentan sólidamente este cambio. Como siempre digo, es un puro “divertimento”. No es mi intención ofender a nadie, solo introducir un cambio de perspectiva…equivocado o no.
George Friedman hace referencia a esta contradicción en la sociedad norteamericana y Richard Florida la llama “la clase creativa”. Sea como fuere, el cambio está servido.
El futuro es lo que tiene, que llega a pesar nuestro. Queramos o no, cambia la economía, cambia la sociedad y cambia el futuro.
Buena suerte a todos.
